TEMAS VIGILIAS

Enero 2010
I.- Con devoción Te adoro, Dios escondido.

¿“Con devoción Te adoro, Dios escondido,
verdaderamente oculto, en la apariencia del pan.
A Ti, mi corazón por entero se rinde
y al contemplarte de gozo en Ti descansa.


La Eucaristía es para el hombre, para el cristiano, el fundamento y la expresión más acabada de su Fe. El objeto más directo de su Fe; y, a la vez, el fundamento más firme de esa Fe. ¿Por qué?
¿En qué creemos cuando adoramos con Fe la Eucaristía?
“Te adoro con devoción” son las primeras palabras que pronunciamos ante Cristo Eucaristía. Al adorar, nuestro espíritu se abre a la Verdad de Dios, a la Luz de Dios. Se abre, y anuncia con fe al Hijo de Dios, su creador, su redentor, escondido en el Sagrario.
La Fe en la Presencia real sacramental de Cristo en la Hostia Santa lleva consigo la Fe en la divinidad de Cristo. No adoramos a ningún hombre. Adoramos, y nos arrodillamos ante Dios hecho hombre realmente presente con su “Cuerpo, con su Alma, con su Sangre y su Divinidad”.
Al afirmar –mientras adoramos- esa Presencia Real Sacramental, es Cristo Resucitado Quien está en la Eucaristía, sin dejar de ser el mismo Cristo que padeció y murió en la Cruz, reafirmamos nuestra Fe en estos tres grandes misterios:
la Encarnación del Hijo de Dios;
su Resurrección de los muertos;
la Vida Eterna.
La Encarnación. El cristiano cree firmemente que Quien “late”, Quien “se esconde” en la Eucaristía es “el verdadero Hijo Unigénito de Dios hecho hombre”. No cree, sencillamente, en una “cierta presencia”, en una “cierta significación”, en un “cierto simbolismo”, “en una cierta figura”. No. Cree que “allí”, en el Sagrario, está el Cristo cansado que caminó por los recovecos del mundo; el Cristo real, personal, que sufrió muerte en la Cruz; el mismo que quedó dormido sobre el cabezal de la barca, mientras los apóstoles, angustiados, clamaban por su salvación.
Y es tal la alegría de la fe, que el inquieto espíritu del hombre descansa en el Señor y se llena de gozo.
Fe en la Eucaristía. Quizá nos puede suceder lo que ya ha ocurrido a tantos buenos hijos de la Iglesia, de Cristo, de Dios, a lo largo de los siglos. A veces, nuestra inteligencia y nuestro corazón se encuentran con oscuridades, con nubarrones, que hacen muy difícil hacer un Acto de Fe en la Presencia Real de Cristo; y como consecuencia, llega el desánimo, la desorientación.
San Agustín recibió un día a un grupo de monjes que se quejaban de que no “veían a Cristo, como lo habían visto los Apóstoles”, y por eso, notaban que se amedrentaban ante las dificultades. El santo, después de escucharles con calma, les hizo solamente una recomendación: que adorasen la Eucaristía, que rogaran con Fe; y descubrirían en el Sagrario la Presencia del mismo Cristo que vivió con los Apóstoles.
Fe en Cristo vivo en el Sagrario. “Una iglesia en la que arde sin cesar la lámpara junto al sagrario, está siempre viva, es siempre algo más que un simple edificio de piedra: en ella está siempre el Señor que me espera, que me llama, que quiere hacer “eucaristía” mi propia persona. De esta forma me prepara para la eucaristía, me pone en camino hacia su segunda venida” (Card. Ratzinger).
Y nuestra alma está viva cuando mantiene esa lámpara de la Fe. La Vida eterna. La Eucaristía es “prenda de vida eterna”. No sólo anuncio; no sólo adelanto; no sólo señal. Prenda. Y “prenda”, no sólo en el sentido de darnos como un “derecho” a la vida eterna. No. La Eucaristía es ya Vida Eterna.


CUESTIONARIO
    ¿Hago una visita diaria al Santísimo Sacramento, y le manifiesto mi fe en su Presencia?
    Con mi fe, ¿renuevo mi amor a Dios al arrodillarme ante el Hijo de Dios hecho Eucaristía?
    ¿Confío en el Señor Sacramentado, que quiere acompañarme, como un buen amigo, a lo largo de mis quehaceres diarios?.


Febrero 2010
II.- Ninguna Verdad más verdadera.

La vista, el tacto, el gusto Ante Ti enmudecen.
Solo el oído. a la Fe se abre.
Creo lo que dijo el Hijo de Dios.
Ninguna Verdad más verdadera
Que tu Palabra.

Un ser vivo. Al ver a Cristo Resucitado por primera vez, los Apóstoles dudaron, se llenaron de temor; creyeron ver un fantasma. Dudaron, sin acordarse de las palabras que el Señor les había hablado: “Al tercer día resucitaré”.
La Resurrección. La Presencia Real Sacramental de Cristo en la Eucaristía más que signo, es manifestación de su Resurrección. Es Cristo vivo que se nos da como alimento –“quien come mi carne, y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Juan 6, 54)-, porque al “comerlo” nos está dando ya su “vida eterna”. “quien come este pan vivirá eternamente” (Juan 6, 58).
Para confortar la fe de los Apóstoles, Jesucristo les dijo que le dieran de comer. Un fantasma no come, y aunque el cuerpo glorioso tampoco necesita ningún alimento, les pidió pan para que le reconocieran como un ser vivo. Santo Tomás necesitó ver y palpar las llagas en el costado y en las manos de Jesús; y sólo después confesó su fe.
-“Señor mío, y Dios mío”-
Así el cristiano ante la Eucaristía ha de exclamar: “-Señor; ¡auméntame la Fe!”
La Resurrección es la “más verdadera Verdad”, la Verdad más plena de contenido. Cristo dijo de sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida”.
Al encarnarse es ya Camino; al resucitar, manifiesta la plenitud de ser Verdad; al hacerse Eucaristía, alimento que nos acompaña a lo largo de nuestra vida, nos descubre que es la Vida, Vida Eterna. Vida que nos adelanta y, a la vez, siembra en nosotros la Vida Eterna.
“Resurrección”. Es ya la palabra de vida eterna. Cristo en la Eucaristía, Cristo Resucitado es la Palabra Eterna que vive en medio de nosotros. Ninguna Verdad más verdadera.
Ante la Eucaristía; adorando, aprendemos a “escuchar” también el latir del Corazón de Cristo que anhela “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Que le conozcan.
La Fe nos llega por la palabra oída. Ante el Sagrario, es la misma Palabra quien habla; la misma Palabra de Dios a Quien oímos. La Eucaristía es Cristo Resucitado, y por tanto Vida Eterna. El Cielo es Cristo. Y en la Eucaristía es el mismo Cristo que viene a convertirnos a nosotros en su cielo.
Fe en la Resurrección que no se asienta ni en la imaginación, ni en el sentimiento, ni en la emoción. Fe que toma posesión del centro de nuestra alma, y nos mueve a exclamar, con María Magdalena: “Rabbuni; Maestro”.
Hace ya siglos que los cristianos encendemos una lámpara, una vela, para anunciar que Cristo está en el Sagrario. Una lámpara que no permitimos que se apague nunca, que se vea claramente apenas se entra en el templo, y nos ayude a llegar al encuentro con Cristo.
La Fe viva en nuestro corazón, en nuestra inteligencia, es la mejor lámpara que Cristo tiene en la tierra; la lámpara que transmite más, y mejor, la luz de su Presencia.


CUESTIONARIO
    ¿Soy consciente de que es el mismo Cristo que habló con los Apóstoles, Quien está en el Sagrario?
    ¿Invito alguna vez a un amigo para hacer juntos una Visita al Santísimo Sacramento?
    ¿Tengo la libertad de abrir mi corazón, sin vergüenza alguna, ante el Señor Sacramentado?


Marzo 2010
III.- Lo que te pidió el ladrón, también te ruego..

En la Cruz se ocultó la Divinidad.
Aquí, también la Humanidad desaparece.
Creo que eres Dios y Hombre verdadero.
Lo que te pidió el ladrón También te ruego.

Cristo quiere que le tratemos, que le amemos, que nos dirijamos a Él, que en Él pensemos. Con la Fe le reconocemos como Dios y hombre verdadero. Con la luz de nuestra inteligencia quiere que le conozcamos también como hombre.
Ante el Sagrario revivimos toda la vida de Jesucristo y, ahora, especialmente, su Pasión, y la vivimos con los ojos inundados de la luz de la Resurrección. No vemos al Señor como lo contempló la Virgen María; cómo lo vieron los apóstoles y quienes acompañaron a Jesús y a los dos ladrones, que iban a ser crucificados con Él, en el primer Vía Crucis de la historia.
No le vemos caer, y levantarse exhausto. No le vemos tambalearse ante el peso de la Cruz, no le acompañamos cuando hace un alto en su caminar y escucha la queja sufrida de las mujeres de Jerusalén; ni en el encuentro consolador con su Madre Santa María.
Ellos no descubrieron durante la Pasión, en Cristo cargado con la Cruz, ninguna señal de su Divinidad. Vieron sólo su Humanidad herida, sufriente, torturada, maltratada.
Nosotros no tenemos delante de nuestros ojos ni la Humanidad ni la Divinidad. Creemos en su Humanidad y en su Divinidad, porque nuestra Fe nos dice que en el Sagrario está Cristo Resucitado.
Creyendo en la Pasión, en la Muerte, en la Resurrección redentoras de Cristo, contemplamos en la Eucaristía, en el Sagrario, el mismo Cristo en quien descansó su mirada el Buen Ladrón; y como él, nos dirigimos a Cristo.
“Ladrón arrepentido”. Dimas se liberó de sus pecados, y su espíritu descubrió la libertad de amar a Cristo, de adorarle.
¿Qué sale de nuestro corazón cuando nos arrodillamos ante Cristo en el Sagrario? ¿Qué decimos cuando queremos “pedir” lo que pidió el Buen Ladrón?
La pedimos arrepentirnos de nuestros pecados, de nuestras faltas, de nuestras miserias, para verle con ojos más limpios, más abiertos a su Luz.
Le rogamos que nos deje acompañarle a llevar la cruz, como hizo Simón de Cirene, sufriendo por Su nombre tantas ofensas, y tantos desamores, como recibe en el Sagrario.
Le pedimos que nos enseñe a amarle con la delicadeza, y la valentía, con las que le cuidó la Verónica.
Le rogamos que lleguemos a contemplarle con los ojos del Centurión, y que con el Centurión, renovada nuestra Fe ante la Cruz y ante el Crucificado muerto, le digamos: “Este es verdaderamente el Hijos de Dios”-
Y entonces descubriremos la alegría del Buen Ladrón de estar junto a la Cruz de Jesús, y de pedirle lo que él le pidió.
“Acuérdate de mi cuando estés en tu reino”
Le pidió morir y resucitar. Y oyó de Cristo estas palabras: “Hoy, estarás conmigo en el paraíso”-
Ante el Sagrario, adorando a Cristo, nos arrepentimos de nuestros pecados, y morimos al pecado. Y gozamos de la Resurrección de Jesús, recibiendo su perdón en el Sacramento de la Reconciliación.
Y nuestra Esperanza vive de las mismas raíces de Resurrección de la Cruz de Cristo.


CUESTIONARIO
    ¿La adoración de la Eucaristía me mueve a pedir perdón por mis pecados en el Sacramento de la Reconciliación?
    ¿Se expresar ante el Sagrario las alegrías y las penas; darle gracias por los bienes que recibo, y pedir con confianza lo que necesito para mi alma y para mi cuerpo?
    ¿Me acerco a visitar al Señor en una iglesia, aunque a veces me cueste esfuerzo y sacrificio?


Abril 2010
IV.- ”Señor mío, y Dios mío”.

Tus llagas tocó Tomás.
Yo no las veo.
Dios y Señor mío,
Con él te confieso.
Haz que mi fe en Ti
Crezca siempre;
Que espere siempre en Ti.
Y que te ame.

Un ser vivo, no un fantasma. Al ver a Cristo resucitado por primera vez, los Apóstoles creyeron ver un fantasma. Se asustaron. El Señor les pidió de comer para dejar claro en su mente que Él no era un fantasma, que era un ser vivo, el mismo Cristo con un Cuerpo ya glorioso. Santo Tomás vio y metió sus dedos en las llagas del Cuerpo glorioso de Cristo, y confesó su fe:
-“Señor mío, y Dios mío”.
Nuestros ojos, nuestro espíritu, no ven, ni reciben, la luz de santo Tomás. Sabemos, sin embargo, que la realidad que “late” en la Eucaristía es verdaderamente el mismo Cristo que nos invita a la Fe, como invitó a Tomás a creer, en el cenáculo.
“¡Ayúdame, Señor, a creer!”
Es la exclamación del cristiano ante el Sagrario. Adorando la Eucaristía confesamos nuestra fe en Cristo Nuestro Señor ante Dios y ante los hombres.
“El justo vive de la Fe”.
Es la fe en la Eucaristía la luz más clara que brilla siempre, aun en la oscuridad que acompaña tantos días los pasos del hombre sobre la tierra. Y no solo fe en la presencia real sacramental de Cristo. No. Fe en que en la Eucaristía vive el mismo Cristo vivo que contempló el buen ladrón, que contempló santo Tomás.
La fe en la Eucaristía agranda los ojos del entendimiento, para que en el ocultamiento del Dios-Hombre, el hombre vea a Dios hecho hombre. Y así, con esa Fe, viviremos el mejor acto de fe que en el Calvario vivió el buen ladrón: solo osa pedir el reino quien ya ha visto a Cristo Resucitado.
¿Cómo es posible la fe del buen ladrón?
Por su arrepentimiento. La confesión de los pecados, la conciencia de ser pecador, mata en el alma la raíz del pecado, el mal del pecado. En la confesión, el pecador muere con Cristo en la Cruz, y deja libre su espíritu para resucitar. El pedir perdón por los propios pecados es el fruto de la Resurrección de Cristo en el alma del hombre pecador.
El Señor pidió de comer a sus apóstoles asustados. En la Eucaristía, es él mismo el que nos da de comer. Él se hace comida. “En verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6, 53).
Las palabras son explícitas. Comemos, si amamos. El amor, la caridad, llena nuestra alma de hambre del Señor. Descubrimos que Él es la Palabra de vida eterna, que Él es alimento de vida eterna.
Te diligere. Pedimos que nos enseñe a amarle, y que ponga siempre en nuestro corazón el desear de amarle más, pidiendo ese perdón por los pecados, para que nuestro espíritu se abra a amar más.
En la Eucaristía aprendemos y nos alimentamos de las mismas fuentes del amor de Dios. Y aprendemos a amar en el mismo acto de amor más profundo que Dios tiene con los hombres: entregarnos en plenitud a su Hijo Bien Amado.


CUESTIONARIO
    ¿Tengo todavía vergüenza, o el falso pudor, de decirle sencillamente que le amo?
    El buen ladrón manifestó claramente su fe en Cristo, ¿siento alguna vez respetos humanos para decir que soy creyente en Jesucristo, Dios y hombre verdadero?
    ¿Leo los Santos Evangelios para conocer mejor la vida de Cristo, y poder decirle, en toda confianza, “Quédate con nosotros, Señor”?


Mayo 2010
V.- Pan que al mundo da la verdadera vida.

Oh memorial De tu muerte, Señor.
Pan que al mundo da,
La vida verdadera.
Que de Ti mi mente viva.
Y en Ti siempre mi alma se recree.

Cristo vive en el Sagrario mientras permanezcan las especies eucarísticas. Y quiere que haya un Sagrario hasta en los últimos rincones del mundo. Ningún lugar es demasiado pobre y miserable para que Dios no pueda estar allí, como ninguno es noble y digno para presentar el derecho a que Dios busque acogida en él.
Memorial de la muerte y de la resurrección. Memorial de la muerte en la que Dios manifiesta, en su Hijo, todo el amor que tiene al hombre. Memorial del sacrificio del Calvario que se convierte en alimento eterno para que todos los caminantes hacia Emaus tengan la fuerza de regresar inmediatamente a Jerusalén.
“La Eucaristía es una realidad central en la vida de la Iglesia, asi como en la totalidad del Universo, en la medida que es la Presencia del Sacrificio de Cristo en medio de nosotros” (J. Danielou).
“El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente” (Juan 6, 57-58).
Vive eternamente la mente que busca a Cristo Verdad. La luz de la Eucaristía mantiene vivos y abiertos los rayos de luz que iluminan los caminos de la tierra; y el Señor va abriendo los ojos de los caminantes como un día abrió los ojos de los discípulos de Emaus. La Eucaristía es el libro abierto que siempre habla de Cristo, de su Sacrificio redentor; el libro que abre la inteligencia para descubrir el Amor de Dios escondido en todos los senderos del mundo.
“Quien come este pan vivirá eternamente”, quien lo come libre de pecado, arrepentido de sus pecados, absuelto de sus pecados. “Quien come este pan” caminará siempre con Cristo caminos de resurrección. Y Cristo animará al abrumado por el dolor y la pena; consolará al triste y afligido; enderezará a quien pierda el camino; levantará al caído; abrirá los ojos a los cielos, dará fortaleza a todos los débiles del mundo.
El Señor pidió de comer a los Apóstoles para expresarle que no era un fantasma. El Señor se hace Eucaristía, se da de comida a todos nosotros, para confirmarnos que sus palabras son “palabras de vida eterna”; para asegurarnos que Él estará con nosotros hasta el fin del mundo.
De este “memorial” vive la mente, y se recrea el alma. ¿Cómo se recrea?
Cristo resucitado es ya Vida eterna. Viviendo con Cristo Eucaristía, el cristiano comienza a vislumbrar el amor con que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo le aman. Y en ese amor, se recrea. “La felicidad eterna, para el cristiano que se conforta con el definitivo maná de la Eucaristía, comienza ya ahora. Lo viejo ha pasado: dejemos aparte todo lo caduco; sea todo nuevo para nosotros: los corazones, las palabras y las obras” (san Josemaría Escrivá).
Ante al amor de Dios manifestado en Cristo Eucaristía, el cristiano descubre que el Sagrario es como un rincón del Cielo ya en la tierra. Con el Sagrario, la tierra se convierte en Cielo, en memoria del Cielo, en memorial de la “nueva tierra y del nuevo cielo”.


CUESTIONARIO
    ¿Actúo con más caridad, con más amor al prójimo, después de vivir mi turno de adorador?
    ¿Agradezco de todo corazón que pueda encontrarlo siempre, y en cualquier lugar de la tierra, en un Sagrario?
    Al despedirme del Sagrario, ¿ruego al Señor que me siga acompañando en todos los quehaceres que debo realizar?


Junio 2010
VI.- Límpiame de toda mancha con tu Sangre.

Señor Jesús, amante Pelicano.
De toda mancha límpiame
Con tu Sangre
De la que una sola gota
Al mundo salva,
De todas sus miserias y pecados.

La adoración eucarística –enriquecidas en la fe, la esperanza y la caridad-, mueve nuestro espíritu a pedir perdón al Señor por nuestros pecados.
En el Sagrario, el Señor está expuesto a todas y a cualquier ofensa que la maldad del hombre pueda concebir. Si se recogieran en un libro una pequeñísima parte de los actos vandálicos, injurias, ofensas, profanaciones, etc., que el hombre ha perpetrado directamente con la Eucaristía, nos llenaríamos de asombro al comprobar hasta que punto el hombre puede rebelarse contra Dios, puede desahogar toda su ira contra su Creador.
Desde el Sagrario, el Señor lo ha soportado todo, como en su día soportó todas las injurias, blasfemias, maltratos, que quisieron infligirle en los momentos de su Pasión, todos los que le vieron maltrecho y destrozado, ya en trance de muerte. Y lo ha sufrido en paciencia, en silencio, perdonando y rogando a su Padre Dios que les perdonase, “porque no sabían lo que hacían”.
Contemplar a Cristo Vivo, verle Resucitado y cercano a nosotros en silencio, mudo, en espera, provoca en nuestro espíritu una petición que sale de lo hondo del corazón: “límpiame de toda mancha”.
Amando a Cristo en la Eucaristía descubrimos en nosotros raíces de pecado, nuestros pecados; descubrimos el mal que nos hace ese pecado; y la fuerza con la que nos induce a hacer mal a los demás. Con la luz de la Eucaristía, aborrecemos del pecado, y anhelamos cortar los vínculos con esas raíces del mal. La adoración a la Eucaristía mueve nuestra alma a acudir al Sacramento de la Reconciliación.
“Contra Ti; contra ti sólo pequé”. Ante el Sagrario, adorando y amando a Cristo Resucitado, el alma del cristiano se hace más consciente de la gran falta de amor a Dios que hay en el mundo, “falta de amor” que será siempre el gran pecado del hombre
Delante del Tabernáculo el cristiano vislumbra el Amor tan grande que tiene a Cristo sujeto sobre el altar en espera de alguien que le de un poco de conversación, y anhele mantener un diálogo confiado.
Se mantiene allí, a la luz de una tenue vela, en espera de recibir las quejas de un creyente que siente demasiada pesada la cruz que le ha tocado llevar; las alegrías de quien llega a agradecer la soluciones de unos problemas, la buena marcha de algunas cuestiones complicadas que le producían quebrantos.
Permanece en silencio en espera de que quien llega acongojado por la muerte de algún ser querido comience su llanto, y Él, desde el Sagrario, pueda acoger esas lágrimas y devolverlas llenando el corazón afligido con paz y serenidad.
Las peticiones, quejas, cantos, susurros ante la Eucaristía, en la quizá demasiada cerrada penumbra de una iglesia, llegan al corazón de Cristo, que se conmueve ante la Fe, ante la Esperanza, ante la Caridad, con que un alma sufriente acude a Él. Y al escucharle, le repite:
“Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed” (Juan 6, 35).


CUESTIONARIO
    En mi tiempo de adoración, ¿hago actos de amor a la Eucaristía en desagravio por quienes la profana, por quienes blasfeman?
    ¿Rezo a Cristo Sacramentado por la conversión de tantos pecadores?
    ¿Pido al Señor, y especialmente en este Año Sacerdotal, que todos los sacerdotes renueven su fe en Cristo Eucaristía?


Julio 2010
VII.- Y lléname de tu amor, y de tu gozo.

Jesús, ahora oculto
Te contemplo.
. Que se cumpla te ruego
Lo que anhelo.

Muéstrame la gloria
de tu rostro
Y lléname de tu amor
y de tu gozo.

Es el Espíritu Santo Quien impulsa suavemente a nuestro espíritu para arrodillarnos ante el Sagrario; y Quien mueve nuestro corazón y nuestros labios cuando nos atrevemos a decirle:
Adoro te devote, latens deitas. Te adoro con devoción, Dios escondido. Y nuestro espíritu se abre en el afán de adorarle ya para siempre en el Cielo: “llenos de su Amor, y de su Gozo”.
Recordamos de nuevo las palabras del Señor, que tanto escándalo causaron a quienes las oyeron por primera vez: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Juan 6, 54).
Cristo quiere acompañarnos por los caminos de la tierra; y anunciarnos ya los caminos del Cielo. Vive con nosotros en nuestros quehaceres diarios la luz de la vida eterna; y nos anuncia la resurrección de la carne de nuestro cuerpo “el último día”.
En la Eucaristía descubrimos, en verdad, con el amor de Dios todos los planes que ese amor ha creado para el bien de los hombres.
“Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta manera singular. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin”, hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros, y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1380).
Una petición surge del fondo del alma al contemplar la llama encendida de la lámpara del Santísimo:
-“Señor, auméntame la fe, la esperanza, la caridad”.
Aumentará nuestra fe si no tenemos vergüenza de manifestarle nuestro amor cuando lo recibimos en la Comunión. Crecerá nuestra esperanza si no olvidamos que la Eucaristía es la manifestación más profunda del amor de Dios hacia nosotros, y que si Cristo se nos da en alimento, con el caminaremos hasta el encuentro definitivo en el Cielo. Y la caridad llenará nuestro corazón al darnos cuenta de que la Eucaristía nos hace presente la donación total de Dios, que nos amó hasta el fin, y dio su vida en redención por nosotros. Amando a Cristo Sacramentado, aprenderemos a amar a nuestros hermanos, a nuestro prójimo.
Escondido en el Sagrario, Jesucristo nos invita una vez más: “Procuraros no el alimento perecedero, sino el alimento que permanece hasta la vida eterna, el que el Hijo del hombre os da” (Juan 6, 27).
Culto a la Eucaristía. Adoración a Cristo Sacramentado
“La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (Juan Pablo II).
Y nuestra adoración no cesará nunca si movidos por el Espíritu Santo, rogamos a Santa María que nos acompañe a adorar con Ella a su Hijo que nos espera en cada Sagrario.

CUESTIONARIO
    ¿Pido ayuda al Espíritu Santo para adorar con un corazón “contrito y humillado”, que el Señor acoge siempre?
    ¿Ruego a la Virgen Santísima que me acompañe a recibir a Cristo en la Comunión?
    ¿Me preparo para recibir la Eucaristía viviendo la práctica de la “comunión espiritual”: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que Te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y el fervor de los Santos”?


Agosto 2010
I.- La Santa Misa.- Con Cristo Resucitado

Con la presencia, y en compañía de Cristo Resucitado, ¿qué celebramos cuando vivimos la Santa Misa?
Se celebra el “memorial de la Pascua de Cristo”. Este “memorial” no es un simple recuerdo de un hecho ocurrido hace ya cerca de 2.000 años en el Cenáculo, en el Calvario, pequeña colina de las afueras de Jerusalén.
La Santa Misa no es tampoco una sencilla representación actual de un acontecimiento del pasado, que se lleva a cabo a través de unos ritos y símbolos que lo hacen presente de otra manera. Y mucho menos, la Eucaristía, es únicamente una reunión del pueblo cristiano, que se realiza ante el Altar, y en la que cada uno manifiesta su solidaridad y caridad cristiana con los demás; mientras trae a su memoria la pasión de Cristo y, si acaso, se entristece con su pensamiento.
¿Qué es entonces la Eucaristía? La Eucaristía es una acción viva del mismo Cristo, y de toda la Iglesia –que somos cada uno de nosotros- en unión con Él. “Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y éste se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció una vez para siempre en la Cruz, permanece siempre actual” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1364).
Durante su estancia en la tierra, Cristo no ha podido morir y resucitar delante de cada uno de los seres humanos que entonces habitaban en la tierra. Ha querido sin embargo, que esa muerte reparadora de los pecados de todos los hombres, ese Sacrificio y su Resurrección gloriosa sean actuales ante la mirada de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, hasta la consumación de los siglos. Y que todos, cada uno, la vivamos con Él.
¿Cómo es esto posible? En la Santa Misa el Señor nos ha dejado “una señal clara de su amor”; y nos manifiesta el deseo de “estar siempre cerca de nosotros”; y, a la vez, nos invita a “participar de su Muerte y de su Resurrección” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1337).
En la Misa nos unimos en la tierra al sacrificio, muerte y resurrección de Cristo, y Cristo se une a nosotros en adelanto de la unión que nos prepara con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la vida eterna.
“La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (Catecismo, n. 1382).
Podemos decir, con otras palabras, que la Eucaristía, en cuanto es participación activa del cristiano en la vida, muerte y resurrección de Cristo, es el cauce para una “identificación con Cristo en espíritu y en verdad”, que queda refrendada con la recepción de la Comunión: un encuentro personal con Jesucristo resucitado que viene a nosotros para hacer morada en nosotros.
“De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión” (Juan Pablo II). Por eso hemos de recibir la Sagrada Comunión en gracia, libres de pecado: porque recibimos a Quien se murió por nosotros para redimirnos del pecado.

CUESTIONARIO
    ¿Somos conscientes de que en la Santa Misa está presente Cristo Resucitado?
    ¿Vamos a vivir la Eucaristía sabiendo que participamos de la Muerte y de la Resurrección de Cristo?
    Al recibir la Comunión, ¿nos damos cuenta de que acogemos en nuestro corazón a la Persona Viva de Jesucristo?


Septiembre 2010
II.- La Santa Misa.- Un solo acto de culto

Después de haber señalado que la Eucaristía es una acción de Cristo, en la que Él mismo nos invita a participar; hemos de considerar ahora como se realiza esa acción. O sea, cómo se lleva a cabo la celebración litúrgica.
¿Qué significa Liturgia? “En la tradición cristiana la palabra “Liturgia” significa que el Pueblo de Dios toma parte en la “obra de Dios”. Por la liturgia, Cristo nuestro Redentor y Sumo Sacerdote, continúa en su Iglesia, con ella y por ella, la obra de nuestra redención” (cfr. Catecismo, n 1069).
Esta “obra de Dios” que es la liturgia, la lleva a cabo la Iglesia en la celebración de los Sacramentos, en la Evangelización. Y al participar en la liturgia, en la “obra de Dios”, el cristiano se une a Dios, en su Hijo Jesucristo.
¿Cómo se desarrolla la acción litúrgica en la Misa?
“La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:
-la reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;
-la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consagratoria y la comunión.
La Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto”; en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor” (n. 1346).
“Un solo acto de culto”, y dos grandes momentos: “liturgia de la Palabra”; “liturgia eucarística”.
En el primer momento –“liturgia de la Palabra”- oímos palabras que, inspiradas por el Espíritu Santo, han quedado escritas para siempre en los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Esas palabras son un testimonio vivo de la acción de Dios en la historia de los hombres; acción que comenzó con la creación de nuestros primeros padres y seguirá hasta el final de la presencia del hombre sobre la tierra.
Las lecturas del Antiguo Testamento narran las actuaciones de Dios con el pueblo escogido de Israel, que debía mantener la fe en Dios Uno hasta la llegada del Hijo de Dios, Cristo, el Mesías, que nos iba a revelar a Dios Uno y Trino.
Los textos del Nuevo Testamento son de dos tipos: los que narran los hechos y dichos del mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que vive, trabaja, come, sufre con los discípulos, y que se leen en el Evangelio; y las enseñanzas de los apóstoles, que se leen en las Lecturas.
El sacerdote predica la homilía, para facilitar a los fieles la comprensión del misterio que se está celebrando, y a la vez, el sentido de las palabras de los textos sagrados que se acaban de leer.
Y termina la Liturgia de la Palabra con la manifestación de la Fe, que es el recital del Credo, y la Oración de los Fieles. Confesión de Fe y oración en comunión de los santos, que expresan esa unidad de corazón y de alma, que vivieron en su momento los primeros cristianos, y que hemos de mantener viva dentro de la Iglesia, todos los cristianos hasta el fin de los tiempos.

CUESTIONARIO
    ¿Escuchamos las palabras de las Lecturas y del Evangelio como lo que verdaderamente son, como palabras de Dios?
    ¿Renovamos personalmente nuestra fe, al recitar el Credo con todos los fieles que viven con nosotros la Eucaristía?
    Al rezar la oración de los fieles, y elevar nuestras peticiones a Dios, ¿nos acordamos de rogar especialmente por las intenciones del Santo Padre?


Octubre 2010
III.- La Santa Misa.- La liturgia eucarística

La Liturgia eucarística comienza con la presentación de las ofrendas, en la que son llevados al altar los mismos alimentos que Cristo tomó en sus manos durante la última cena: el pan y el vino. “Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”.
Todos los Domingos y días de precepto, nosotros –el pueblo cristiano- nos congregamos en torno al Altar, para participar, para vivir con Cristo, la Eucaristía. ¿Somos conscientes de lo que tiene lugar en el Altar, delante de nuestros ojos?
Estamos viviendo un mandato que el mismo Cristo Nuestro Señor desea que realicemos hasta el fin de los tiempos: “Haced esto en conmemoración mía”.
Para ayudarnos a entender mejor lo que sucede en los momentos de la celebración, podemos considerar que la Santa Misa se celebra en la tierra y en el cielo. En la tierra; y a la vez, fuera del espacio y del tiempo.
Fuera del espacio, porque se vive también ante la Santísima Trinidad; como si el lugar donde nos reunimos fuera ya una parte del cielo.
Fuera del tiempo, porque la duración de la Eucaristía no se mide por esos treinta, veinticinco, treinta y cinco minutos que avanzan las manecillas del reloj, sino que tiene una dimensión de eternidad, porque la vivimos con Cristo Resucitado, que ya vive eternamente en el cielo, ante Dios Padre y en unión con el Espíritu Santo.
¿Qué hacemos nosotros?
“Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan también sus dones para compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta, siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1351).
Y nos ofrecemos especialmente nosotros mismos: nuestros afectos, nuestras acciones, nuestros trabajos. El creyente ofrece la Misa en virtud de su “sacerdocio común”, como un actor del acontecimiento, porque “celebra” la Misa con el mismo Cristo, y Cristo la celebra en el interior del espíritu de cada cristiano.
Después de ofrecernos así con Cristo, vivimos especialmente con Él la acción de gracias a Dios Padre: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro” (Prefacio).
El sacerdote, con Cristo y en su nombre, ruega a Dios Padre, que acepte en su bondad “esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa; ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”.
Después, dirige su petición a Dios Padre, para que “santifique por el Espíritu Santo estos dones que hemos separado para ti (el pan y el vino), de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios”.
“Haced esto en conmemoración mía”. Con estas palabras termina el sacerdote la Consagración del pan y del vino. Consagración que sólo él, por su ordenación sacerdotal, está autorizado a pronunciar sacramentalmente en nombre y en la persona de Nuestro Señor Jesucristo.
Con las palabras de la Consagración se realiza el grandioso misterio, el Milagro de la Transubstanciación. Aunque sobre el Altar permanecen las apariencias del pan y del vino, desde el instante de la Consagración, el pan es ya el Cuerpo de Cristo; y el vino, la Sangra de Cristo. Allí está Cristo entero, “con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y su Divinidad”.

CUESTIONARIO
    ¿Nos unimos a la acción del sacerdote, y nos ofrecemos también nosotros, nuestros trabajos, nuestras dificultades, y unirlos así a la Pasión y Muerte de Cristo?
    ¿Damos gracias a menudo por poder vivir la Santa Misa con Cristo, en Cristo, por Cristo?
    ¿Renovamos con frecuencia nuestra fe en la Transubstanciación, por la que Cristo está verdadera y realmente presente en el altar después de la Consagración?


Noviembre 2010
IV.- La Santa Misa.- El sacrificio de la Eucaristía

Cristo, que nos “ama hasta el fin”, se ofrece en sacrificio por nosotros.
“El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la institución: ‘Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros` y ‘Esta copa es la nueva Alianza de mi sangre, que será derramada por vosotros` (Lc 22. 19-20). En la Eucaristía, Cristo ofrece por nosotros el mismo cuerpo que entregó en la cruz, y la misma sangre que derramó por muchos para remisión de los pecados`” (Mt 26, 28) (Catecismo, n. 1365).
En estas palabras de la Consagración queda bien de manifiesto una verdad que no debemos olvidar nunca: que la Eucaristía es un sacrificio. Cristo muere para obtener de Dios Padre el perdón de nuestros pecados. Y así nos da a conocer el inmenso y misericordioso amor que Dios Padre nos tiene: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito” (Juan 3, 16).
“La Eucaristía es un sacrificio porque re-presenta (hace presente) el sacrificio de la Cruz, porque es su memorial y aplica su fruto” (Catecismo n. 1366).
En la Institución de la Eucaristía, y como fruto de ese Amor, Cristo anuncia ya su Resurrección “para la remisión de los pecados”, que lleva consigo la “remisión de la muerte”, ultimo enemigo que ha de vencer, y que es fruto del pecado. El pecado no quedaría vencido del todo, si no quedara derrotada la muerte para siempre.
El sacrificio de la Misa pone delante de nuestros ojos la Cruz de Cristo, y nos recuerda que la Cruz pertenece al misterio divino de la salvación. La Cruz es la manifestación de ese “amor hasta el fin”, que Cristo vivió entregándose por nosotros, libre y voluntariamente.
En la Misa, Cristo nos invita a unirnos a su Cruz, para redimir con Él, y gozar ya aquí en la tierra de un adelanto de la Resurrección; de la misma Resurrección. El seguimiento de Cristo viviendo la Misa es participación en su Cruz, es unión con su Amor. Por eso, viviendo la Misa, nuestra vida se transforma: morimos en la Cruz al pecado; y vivimos en la Eucaristía, la Resurrección, la derrota de la muerte.
En la Eucaristía nace el hombre nuevo, creado según Dios. Quien omite la Cruz, quien abandona la Misa, olvida la esencia del cristianismo, la raíz más honda de nuestra vida con Cristo, de nuestra unión con Dios. No descubrirá la luz de la Resurrección que vence a la muerte, porque no habrá muerto en la Cruz al pecado.
Después de lo que hemos reflexionado, nos podemos preguntar: Si la Eucaristía es un sacrificio, ¿se repite en el Altar el sacrificio del Calvario?
No. En el Altar se vive sacramentalmente el mismo sacrificio. Se hace “presente” el mismo sacrificio, que no se puede repetir, porque Cristo murió por nosotros una vez, y para siempre. El sacrificio del Calvario y el sacrificio de la Eucaristía, son el único y el mismo sacrificio. Así nos lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “En este divino sacrificio que se realiza en la Misa, el mismo Cristo, que se ofreció a sí mismo una vez de manera cruenta sobre el altar de la cruz, es contenido e inmolado de manera no cruenta” (n. 1367).
Cristo se sacrificó en la cruz “para redimirnos de nuestros pecados”. En la Resurrección nos redimió de la muerte, consecuencia del pecado. En la Santa Misa, el Señor presenta cada día a Dios Padre el mismo sacrificio de la cruz, y la victoria de la Resurrección, “para que todos alcancemos la salvación”, y podamos gozar eternamente de su gloria en el Cielo.

CUESTIONARIO
    ¿Somos conscientes de que en la Misa Cristo ofrece su muerte en la Cruz, por la redención de nuestros pecados?
    En la Cruz, Cristo nos manifiesta el Amor que nos tiene Dios Padre. ¿Damos gracias a Cristo por ese Amor?
    Descubrimos muchas veces la cruz en nuestras vidas. ¿Sabemos que si vivimos esa cruz con Cristo en la Misa, viviremos también con Él, la resurrección?


Diciembre 2010
V.- La Santa Misa. –El Sacramento de la Eucaristía

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Y después de ponernos todos en la presencia de la Santísima Trinidad, el sacerdote nos dice: “El Señor esté con vosotros”, y nos invita a pedir perdón por nuestros pecados.
¿Por qué? Vamos a oír la Palabra de Dios, y vamos a vivir con Cristo la memoria de su muerte y de su resurrección. ¿Qué mejor preparación que la de renovar nuestros deseos de no ofenderle nunca y darle gracias porque nos invita a vivir con Él? Y ¿cómo renovamos estos deseos? Arrepintiéndonos de nuestros pecados, rechazándolos de nuestro corazón; sólo así podremos gozar del triunfo de Cristo, enriquecernos con su Palabra, y alimentarnos de Él en la Comunión.
“Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (Caecismo de la Iglesia Católica, n. 1323).
Después de decirnos que la Santa Misa es sacramento y sacrificio, el Catecismo nos invita a considerar la Eucaristía bajo tres aspectos, que vivimos en la celebración litúrgica que hemos considerado:
-es una acción de gracias y alabanza a Dios Padre;
- es el memorial del Sacrificio de Cristo, ofrecido en reparación de los pecados;
-es la presencia de Cristo Resucitado, por el poder de su Palabra y la acción del Espíritu Santo.
En definitiva, el sacramento de la Eucaristía alimenta nuestra Fe en Cristo; nuestra Esperanza –“prenda de la gloria futura”- en el Cielo; y alimenta nuestra Caridad porque, sin pecado, recibimos el amor más grande de Dios: Cristo mismo en la Comunión.
Con palabras muy recordadas en la catequesis cristiana desde hace siglos, podemos decir que la Santa Misa es “un acto de adoración; de reparación, de petición de perdón y de acción de gracias”.
En el sacrificio eucarístico que celebramos no estamos solos con Cristo. Toda la creación es presentada a Dios Padre por Cristo Nuestro Señor, que la ha redimido con su muerte y resurrección. Toda la creación da gloria y alabanza a Dios. Y unidos a la Creación, todos nosotros. Al morir para la redención de nuestros pecados, Cristo glorifica a Dios Padre, y pone a sus pies, mejor, en su corazón, la vida de cada uno de nosotros, la vida de todos los seres creados.
Y, a la vez, la Iglesia, la ya triunfante en el Cielo; la que se purifica en el Purgatorio, y la que ama en la tierra, “expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. Eucaristía significa, ante todo, acción de gracias” (Catecismo, n. 1360).
Nuestra Misa es un canto de gloria y de alabanza, de toda la Creación a su Creador, que nosotros vivimos con Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, y por “quien fueron creadas todas las cosas”. El Espíritu Santo mueve nuestros corazones en esta acción de alabanza. ¿Cómo vivimos esta alabanza? Después de rechazar el pecado en el acto penitencial; confesando a Dios todopoderoso, en unión con los coros de ángeles y de bienaventurados, al recitar el Gloria.
El final de la Plegaria Eucarística expresa claramente esta acción de adoración y alabanza que el hombre puede vivir, y que ofrece a Dios no sólo desde su propio corazón, sino desde el seno de la Santísima Trinidad.
“Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
Al vivir la Misa, toda la vida del cristiano, se convierte en un acto de adoración a Dios; de reparación; de petición y de profunda acción de gracias.

CUESTIONARIO
    ¿Vivimos con atención el acto penitencial, y pedimos de verdad perdón por nuestros pecados?
    ¿Somos conscientes de que vivimos la Misa con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?
    Adoración y alabanza a Dios. ¿No nos maravilla que toda la creación dé gloria a Dios, mientras se celebra la Santa Misa?


Enero 2011
VI.- La Santa Misa. –“Signo de unidad, vínculo de amor”

Ya hemos recordado estas dos características de la Eucaristía Sacramento: signo de unidad y vínculo de amor. Y la Eucaristía es “unidad y amor”, porque: “Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1369). ¿Qué quiere decir esta afirmación del Catecismo? Aunque sólo las personas que acompañan en el templo al sacerdote están presentes físicamente en la celebración de la Eucaristía, por la comunión de los santos, unidos en el Espíritu Santo, todos los fieles de la Iglesia esparcidos en los cinco continentes participan en la Eucaristía que se celebra en un lugar. De manera muy especial, todos los fieles que vivimos la Eucaristía entramos en comunión con el Santo Padre: “Encargado del ministerio de Pedro, el Papa es asociado a toda celebración de la Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la Iglesia universal” (n. 1369). Y al mencionar el nombre de Benedicto XVI, elevamos nuestra oración a Dios para que le llene de Espíritu Santo, y pueda así servir con toda su alma la misión que Cristo confió a san Pedro: fortalecer en la Fe a todos los cristianos. Como ya hemos recordado, además de la Iglesia que vive en la tierra, también la que ya goza de Dios en el Cielo participa en la Eucaristía. “A la ofrenda de Cristo se unen, no sólo los miembros que están todavía aquí abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo. La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo memoria de ella, así como de todos los santos y santas” (Catecismo, n. 1370). Y no sólo los santos. En este acto de “adoración, de reparación, de acción de gracias y de petición”, que lleva a cabo Cristo sobre el altar –y que nosotros vivimos con Él-, participan también los fieles difuntos que esperan la última purificación para poder entrar en el cielo. Todos se benefician, de algún modo, de la riqueza infinita de gracias que es la Santa Misa. “El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Catecismo n. 1371). Esta oración por los difuntos tiene lugar en todas las Misas, y no solamente en las que se celebran con la particular intención de interceder por el alma de un difunto determinado. En la Plegaria Eucarística Tercera rezamos así a Dios Padre: “A nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad, recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria”. La Santa Misa es una verdadera comunión de todos los fieles con Cristo Nuestro Señor. Y no sólo para ofrecer a Dios Padre el sacrificio de su vida, pasión y muerte, para la “redención de los pecados”; sino también, para gozar ya aquí en la tierra con Cristo del gozo de su Resurrección, y comenzar ya la comunión de amor que la Trinidad Beatísima, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, desea vivir con todos los fieles, con todos los hombres, por toda la eternidad. La Santísima Virgen, San José y todos los santos y santas, se unen a nosotros desde el Cielo en esta acción de alabanza y reconocimiento a Dios Padre. Y, si se lo pedimos, nos ayudarán a vivir siempre con más devoción el Misterio de la Eucaristía; descubrir su grandeza y no cesaremos de dar gracias a Cristo Nuestro Señor por invitarnos a celebrarla con Él.

CUESTIONARIO
    ¿Dentro de las peticiones que dirigimos a Dios durante la Misa, ¿tiene una parte especial la que hacemos por la persona e intenciones del Papa, y de los Obispos fieles al Papa?
    Nos acordamos de las necesidades de la Iglesia, en todos los países del mundo, especialmente en los que los católicos son perseguidos, discriminados, expulsados?
    ¿Rezamos por las almas del Purgatorio al vivir con Cristo la Eucaristía?


Febrero 2011
VII.- La Santa Misa.- Participación activa y plena en la Eucaristía

Al ofrecer la Santa Misa con Cristo, por Cristo y en Cristo, el cristiano participa formando un solo corazón y una sola alma –“cor unum et anima una”-, en el ofrecimiento y en la alabanza-adoración que el propio Cristo, Dios y hombre verdadero, rinde a Dios Padre. Para vivir mejor esa unión con Cristo, nuestra participación en la Eucaristía, Benedicto XVI nos recuerda: “Al considerar el tema de la activa participación de los fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación. Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin examinar antes la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento, el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” (Exhortación apostólica Sacramentum caritatis, n. 55). La participación en la Eucaristía, es una unión de vida en una acción que sobrepasa cualquier horizonte humano; y que no cabe, por tanto, reflejar en sentimiento, en emociones. La sensibilidad humana no tiene capacidad de manifestar, ni siquiera de saborear, la vida de toda la persona con Cristo. Para llegar a una participación plena en el sacrificio de la cruz y en la resurrección de Cristo, que vivimos en la celebración eucarística, es necesario convertirse en “otro Cristo”, el “mismo Cristo”, y esa transformación total no está al alcance de ninguna criatura en la tierra. Los cristianos caminamos en la esperanza de conseguirla en el cielo. Esta realidad explica que en tantas ocasiones nos dolamos de “tener distracciones en la Santa Misa”, “de no haber prestado la debida atención”, etc. No nos preocupemos. No obstante nuestras limitaciones, la Iglesia nos invita a participar en la Misa –a vivir la Misa- con los mismos sentimientos con que la vive Cristo “quien preside invisiblemente toda celebración eucarística” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1348). Para vivir así la Misa hemos de pedir una ayuda especial al Espíritu Santo, y a la vez, hemos de esforzarnos por seguir con atención el desarrollo de toda la liturgia eucarística, desde el comienzo –vale la pena llegar unos minutos antes, para estar preparados espiritualmente cuando el sacerdote llega al altar- hasta la bendición de despedida. ¿Qué significa “seguir con atención”? Unirnos a la alabanza que Cristo eleva a Dios Padre cuando cantamos o recitamos el Gloria, y concluimos el Prefacio repitiendo con los Ángeles, los santos y toda la Iglesia, el Santo, Santo, Santo. Adorar a Nuestro Señor Jesucristo. Acompañando al sacerdote en la genuflexión durante la Consagración. Y, al adorar, ofrecer la muerte, la pasión y la resurrección de Cristo por la redención del mundo. “Seguir con atención” significa también pedir perdón por nuestros pecados, cuando recitamos con calma el acto penitencial, y repetimos “Señor, ten piedad”. Elevar el corazón al Cielo, cuando rezamos el Gloria, y decimos Santo, Santo, Santo, al terminar el Prefacio. “Seguir con atención” es dar gracias de todo corazón por habernos invitado a vivir la Misa con Él, y pedirle por el Papa, por las necesidades de toda la Iglesia, y especialmente por la santidad de los sacerdotes, y para que “envíe obreros a su mies”. Quizá alguna vez, al terminar la celebración de la Eucaristía, no nos acordemos de los textos de las Lecturas o del Evangelio. No nos preocupemos. Si hemos estado unidos a Jesucristo con estos deseos de adoración, de reparación y de desagravio, de acción de gracias y de petición, la gracia de Dios nos hará entender mejor cada día el gran misterio de Amor de Dios que se encierra en la celebración, con Cristo, por Cristo y en Cristo, de la Eucaristía.

CUESTIONARIO
    Recogimiento y silencio. ¿Vivimos con esa compostura la Santa Misa?
    ¿Seguimos con atención los diversos momentos de la celebración Litúrgica?
    ¿Preguntamos a algún sacerdote amigo que nos explique los detalles, que quizá no entendamos bien, de toda la ceremonia


Marzo 2011
VIII.- La Santa Misa.- “Prenda de vida eterna”

“El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía. “En verdad, en verdad, os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Catecismo, n. 1384). En palabras sencillas, podemos decir que Cristo quiere que nosotros vivamos con Él y en Él toda su vida; y en ese vivir su vida, pasión, muerte y resurrección, se nos da Él como alimento, en la Comunión, para vivir Él, después, toda la vida de cada uno de nosotros con nosotros mismos. Y así, para cada uno de nosotros será en verdad lo que nos recuerda el Concilio Vaticano II: “la fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, n. 11); o con palabras de san Josemaría Escrivá: “centro y raíz de la vida interior” (Forja, n. 69). Nos daremos más cuenta de que la Eucaristía es de verdad “fuente y cumbre”, “centro y raíz” de la vida del cristiano, si recordamos los efectos que la Comunión produce en el alma del cristiano, y que el Catecismo nos recuerda en este orden: -nos une más a Cristo. Él mismo nos lo dijo: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57). Alimentados por Cristo-Eucaristía, renovamos la gracia del Bautismo, y la Comunión frecuente, recibida en gracia, sin pecado, es el “pan de nuestra peregrinación” (Catecismo, nn. 1391, 1392) -nos separa del pecado. Al unirnos a Cristo nos da fortaleza para rechazar las tentaciones de pecar, nos restaura las fuerzas para amar siempre más a Dios, y no pecar. “Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él” (Catecismo, n. 1394). -nos une a todos los cristianos en el Cuerpo místico. La Eucaristía hace la Iglesia. Con palabras muy claras nos lo recuerda san Pablo: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (I Cor 10, 16-17). La Comunión eucarística nos da la gracia de poder amar a todos los cristianos, a todos los hombres, con el Corazón de Cristo. -La Eucaristía entraña un compromiso a favor de los pobres; de los necesitados espiritual y materialmente. Con Cristo viviendo en nosotros, nuestros ojos están más abiertos a reconocer las necesidades materiales y espirituales de todos nuestros hermanos, de todos los hombres. Y tendremos siempre la fuerza, la valentía, de dar testimonio de nuestra fe, de nuestra esperanza, de nuestra caridad, hasta con el martirio, si un día se hiciera necesario. Para que la Comunión eucarística nos transforme, nos dé fuerzas para amar más a Cristo todos los días, para crecer en el deseo de servir a los demás y vayamos así convirtiéndonos en hijos de Dios, y “lo seamos”, hemos de recibirla con las debidas disposiciones. ¿Cuáles son? “Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: ‘Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor’. (…) Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” (Catecismo, n. 1385). Nuestra alabanza a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no puede concluir una vez terminada la celebración de la Misa. Toda la vida del cristiano se convierte en un ofrecimiento a Cristo, en una vida en amistad con Cristo. Para mantener viva esa conciencia de la cercanía de Cristo después de comulgar nos pueden ayudar mucho dos pequeños detalles de piedad. El primero, al recibir a Cristo en la Comunión, decirle que le amamos, y le damos gracias por venir a nosotros, ser nuestro alimento, que sostiene nuestro caminar, con Él, hacia la vida eterna. El segundo, al pasar cerca de una iglesia, manifestarle el deseo de recibirle de nuevo el día siguiente. “Yo quisiera Señor recibiros con aquella pureza, humildad, devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y el fervor de los santos”. Y la Virgen Santísima nos acompañará siempre a Comulgar.

CUESTIONARIO
    ¿Somos conscientes –nos volvemos a preguntar- de que en la Sagrada Comunión recibimos a una Persona viva, al mismo Cristo?
    ¿Tenemos la delicadeza de recibir al Señor en la Hostia Santa, preocupándonos de acogerlo con cariño, y de manifestarle personalmente que le queremos, que le amamos?
    ¿Rogamos a la Santísima Virgen que nos enseñe a recibir al Señor, como Ella lo recibió, y a amarle siempre más?


Abril 2011
IX.- La Eucaristía y el testimonio de la caridad

El Santo Padre Benedicto XVI recuerda con frecuencia en sus discursos, homilías, el sentido de la Eucaristía, sus frutos, el lugar que debe ocupar en la vida del cristiano. “La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana nos une y configura con el Hijo de Dios. También construye la Iglesia, la consolida en su unidad de Cuerpo de Cristo” (Discurso, 11 de mayo 2006) Recogemos ahora, dentro de estos Temas de Reflexión sobre la Eucaristía unas palabras suyas del 15 de junio de 2010, que pronunció en la Basílica de San Juan de Letrán al inaugurar el congreso de la diócesis de Roma sobre el tema: “Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron”


El ofrecimiento de Jesucristo en la Eucaristía

“La fe no puede darse nunca por descontada, pues cada generación tiene necesidad de recibir este don a través del anuncio del Evangelio y de conocer la verdad que Cristo nos ha revelado. La Iglesia siempre está comprometida en proponer a todos el depósito de la fe; en él queda contenida también la doctrina sobre la Eucaristía, misterio central que "contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua" (Concilio Ecuménico Vaticano II, decreto Presbyterorum ordinis, 5); doctrina que hoy, por desgracia, no es suficientemente comprendida en su valor profundo y en su importancia para la existencia de los creyentes. Por este motivo, es importante que las comunidades de nuestras diócesis (…) experimenten la exigencia de un conocimiento más profundo del misterio y del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Al mismo tiempo, con el espíritu misionero que queremos fomentar, es necesario que se difunda el compromiso de anunciar esta fe eucarística para que cada hombre pueda encontrarse con Jesucristo, que nos ha revelado al Dios "cercano", amigo de la humanidad, y testimoniarla con una elocuente vida de caridad. En toda su vida pública, Jesús, a través de la predicación del Evangelio y de los signos milagrosos, anunció la bondad y la misericordia del Padre por el hombre. Esta misión alcanzó su cumbre en el Gólgota, donde Cristo crucificado reveló el rostro de Dios para que el hombre, contemplando la Cruz, pudiera reconocer la plenitud del amor (encíclica Deus charitas est, 12). El Sacrificio del Calvario es mistéricamente anticipado en la Última Cena, cuando Jesús, al compartir con los Doce el pan y el vino, los transforma en su Cuerpo y en su Sangre, que poco después ofrecería como Cordero inmolado. La Eucaristía es el memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, de su amor hasta el final por cada uno de nosotros, memorial que Él quiso encomendar a la Iglesia para que fuera celebrado a través de los siglos (…) El "memorial" no es un simple recuerdo de algo que sucedió en el pasado, sino la celebración que actualiza ese acontecimiento, reproduciendo la fuerza y la eficacia salvadora. De este modo, "hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez por todas, sobre la Cruz en favor de la humanidad" (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 280). Queridos hermanos y hermanas, en nuestro tiempo la palabra sacrificio no gusta; es más, parece que pertenece a otras épocas y a otra visión de la vida. Ahora bien, si se entiende bien, sigue siendo fundamental, pues nos revela con qué amor Dios nos ama en Cristo. En el ofrecimiento que Jesús hace de sí mismo, encontramos toda la novedad del culto cristiano. En la antigüedad, los hombres ofrecían como sacrificio a las divinidades los animales o las primicias de la tierra. Jesús, por el contrario, se ofrece a sí mismo, su cuerpo y toda su existencia: Él mismo en persona se convierte en ese sacrificio que la liturgia ofrece en la santa Misa. De hecho, con la consagración, el pan y el vino se convierten en su verdadero cuerpo y sangre. San Agustín invitaba a sus fieles a no quedarse en lo que se les presentaba a la vista, sino a ir más allá: "Reconoced en el pan –decía– ese mismo cuerpo que fue colgado sobre la cruz, y en el cáliz esa misma sangre que manó de su costado" (Disc. 228 B, 2). Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra "transubstanciación", palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense -1215-, del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: "su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por poder de Dios" (DS, 802). Por tanto, es fundamental que en los itinerarios de educación en la fe de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, así como en los "centros de escucha" de la Palabra de Dios, se subraye que en el sacramento de la Eucaristía Cristo está verdadera, real y substancialmente presente.

CUESTIONARIO
    ¿Soy consciente de que en la Santa Misa estoy viviendo con Cristo su muerte y su Resurrección?.
    ¿Tengo fe en la transubstanciación? ¿Sé explicar que significa transubstanciación?
    ¿Afirmo con claridad que en el Sacramento de la Eucaristía, Cristo está presente verdadera, real y substancialmente?


Mayo 2011
X.- La Eucaristía y el testimonio de la caridad (Cont.)

Continuamos con las palabras pronunciadas por Benedicto XIV el 15 de junio de 2010 en la Basílica de San Juan de Letrán sobre el tema: “Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron”:


El encuentro transformador con Cristo en la Eucaristía.

“La Santa Misa, celebrada con respeto de las normas liturgias y con una valoración adecuada de la riqueza de los signos y de los gestos, favorece y promueve el crecimiento de la fe eucarística. En la celebración eucarística no nos inventamos algo, sino que entramos en una realidad que nos precede; es más, abarca el cielo y la tierra y, por tanto, también el pasado, el futuro y el presente. Esta apertura universal, este encuentro con todos los hijos e hijas de Dios es la grandeza de la Eucaristía: salimos al encuentro de la realidad de Dios presente en el cuerpo y la sangre del Resucitado entre nosotros. Por tanto, las prescripciones litúrgicas dictadas por la Iglesia no son algo exterior, sino que expresan concretamente esta realidad de la revelación del cuerpo y sangre de Cristo y, de este modo la oración revela la Fe según el antiguo principio de lex orandi - lex credendi. Por esto, podemos decir que "la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la misma Eucaristía bien celebrada" (exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 64). Es necesario que, en la liturgia, aparezca con claridad la dimensión trascendente, la dimensión del Misterio del encuentro con el Divino, que ilumina y eleva también la dimensión “horizontal”, es decir, el lazo de comunión y de solidaridad que se da entre quienes pertenecen a la Iglesia. De hecho, cuando prevalece esta última, no se comprende plenamente la belleza, la profundidad y la importancia del Misterio celebrado. Queridos hermanos en el sacerdocio: a vosotros el obispo ha encomendado, en el día de la ordenación sacerdotal, la tarea de presidir la Eucaristía. Llevad siempre en vuestro corazón el ejercicio de esta misión: celebrar los divinos misterios con una participación interior intensa para que los hombres y las mujeres de nuestra ciudad puedan santificarse, entrar en contacto con Dios, verdad absoluta y amor eterno. Y tengamos también presente que la Eucaristía, unida a la cruz, a la resurrección del Señor, ha abierto una nueva estructura a nuestro tiempo. El Resucitado se había manifestado el día siguiente al sábado, el primer día de la semana, día del sol y de la creación. Desde el inicio los cristianos han celebrado su encuentro con el Resucitado, la Eucaristía, en este primer día, en este nuevo día del verdadero Sol de la historia, el Cristo Resucitado. Y de este modo, el tiempo vuelve a comenzar cada vez en el encuentro con el Resucitado y este encuentro da sentido y fuerza a la vida de cada día. Por este motivo, es muy importante para nosotros los cristianos seguir este nuevo ritmo del tiempo, encontrarnos con el Resucitado en el domingo y "albergar" su presencia, que nos transforme y transforme nuestro tiempo. Además, invito a todos a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística: ante el Santísimo Sacramento experimentamos de manera totalmente particular ese "permanecer" de Jesús, que Él mismo, en el Evangelio de Juan, pone como condición necesaria para dar mucho fruto (Cf. Juan 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica quede reducida a un estéril activismo, convirtiéndose más bien en testimonio del amor de Dios.

CUESTIONARIO
    ¿Me doy cuenta de que en la Eucaristía me reencuentro personalmente con Cristo?
    ¿Respeto y amo las normas litúrgicas establecidas por la Santa Sede?
    ¿Estoy convencido de que al “adorar la Eucaristía” permanezco en unión con Cristo?


Junio 2011
XI.- La Eucaristía y el testimonio de la caridad (Final)

Con los párrafos que siguen, finalizamos las palabras pronunciadas por Benedicto XIV el 15 de junio de 2010 en la Basílica de San Juan de Letrán sobre el tema: “Se les abrieron los ojos, lo reconocieron y lo anunciaron”:


La comunión con Cristo en la Eucaristía

“La comunión con Cristo es siempre también comunión con su cuerpo, que es la Iglesia, como recuerda el apóstol Pablo diciendo: "El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (1 Corintios 10, 16-17). La Eucaristía transforma un simple grupo de personas en comunidad eclesial: la Eucaristía hace Iglesia. Por tanto, es fundamental que la celebración de la santa Misa sea efectivamente la cumbre, la "columna vertebral" de la vida de cada comunidad parroquial. Exhorto a todos a prestar más atención, entre otras cosas con grupos litúrgicos, a la preparación y celebración de la Eucaristía para que cuantos participen puedan encontrar al Señor. Cristo resucitado se hace presente en nuestro hoy y nos reúne a su alrededor. Al alimentarnos con él, nos liberamos de los vínculos del individualismo y, a través de la comunión con Él, nos convertimos nosotros mismos, juntos, en una sola cosa, en su Cuerpo místico. De este modo se superan las diferencias debidas a la profesión, a la clase social, a la nacionalidad, pues nos descubrimos como miembros de una gran familia, la familia de los hijos de Dios, en la que a cada uno se le da una gracia particular para el bien común. El mundo y los hombres no necesitan una nueva corporación social, sino que tienen necesidad de la Iglesia, que es en Cristo como un sacramento, "es decir, señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1), llamada a hacer resplandecer sobre todas las gentes la luz del Señor resucitado. Jesús vino a revelarnos el amor del Padre, pues "el hombre no puede vivir sin amor” (Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, 10). El amor es, de hecho, la experiencia fundamental de todo ser humano, lo que da significado a la existencia humana. Alimentados por la Eucaristía, nosotros también, siguiendo el ejemplo de Cristo, vivimos por Él para ser testigos del amor. Al recibir el Sacramento, entramos en comunión de sangre con Jesucristo. En la concepción judía, la sangre indica la vida; de este modo, podemos decir que al alimentarnos con el Cuerpo de Cristo acogemos la vida de Dios y aprendemos a ver la realidad con sus ojos, abandonando la lógica del mundo para seguir la lógica divina del don y de la gratuidad. San Agustín recuerda que, durante una visión, tuvo la impresión de escuchar la voz del Señor, que le decía: "Yo soy el alimento de los adultos. Crece, y me comerás, sin que por ello me transforme en ti, como alimento de tu carne; pero tú te transformarás en mí" (Cf. Confesiones VII, 10, 16). Cuando recibimos a Cristo, el amor de Dios se expande en nuestra intimidad, modifica radicalmente nuestro corazón y nos hace capaces de gestos que, por la fuerza difusiva del bien, pueden transformar la vida de aquellos que están a nuestro lado. La caridad es capaz de generar un cambio auténtico y permanente en la sociedad, actuando en los corazones y en las mentes de los hombres, y cuando se vive en la verdad "es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad" (encíclica Charitas in veritate, 1). El testimonio de la caridad para el discípulo de Jesús no es un sentimiento pasajero, sino por el contrario es lo que plasma la vida en cada circunstancia. Aliento a todos, en particular a Cáritas y a los diáconos a comprometerse en el delicado y fundamental campo de la educación en la caridad, como dimensión permanente de la vida personal y comunitaria. (…) La misma naturaleza del amor exige opciones de vida definitivas e irrevocables. Me dirijo en particular a vosotros, queridos jóvenes: no tengáis miedo de escoger el amor como regla suprema de vida. No tengáis miedo de amar a Cristo en el sacerdocio y, si en el corazón experimentáis la llamada del Señor, seguidle en esta extraordinaria aventura de amor, poniéndoos en sus manos con confianza. ¡No tengáis miedo de formar familias cristianas que viven el amor fiel, indisoluble y abierto a la vida! Testimoniad que el amor, tal y como lo vivió Cristo y lo enseña el Magisterio de la Iglesia, no quita nada a nuestra felicidad, sino que por el contrario da esa alegría profunda que Cristo prometió a sus discípulos. Que la Virgen María acompañe con su intercesión maternal el camino de nuestra Iglesia de Roma. María que, de manera totalmente singular vivió la comunión con Dios y el sacrificio del propio Hijo en el Calvario, nos alcance la gracia de vivir cada vez más intensa, plena y conscientemente el misterio de la Eucaristía para anunciar con la palabra y la vida el amor que Dios experimenta por cada hombre.

CUESTIONARIO
    ¿Pido al Señor la gracia de que la Comunión con Él en la Eucaristía me ayude a vivir mejor en caridad con los demás?
    ¿Ruego a la Santísima Virgen que me acompañe a comulgar; que me enseñe a recibir a su Hijo en la Eucaristía?
    ¿Tengo presente que al comulgar con devoción estoy dando un testimonio vivo de la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento?